lunes, 26 de mayo de 2008

El piano, la bestia

Llegó por barco desde Europa, con las patas bien atadas y la boca amordazada para no dejar salir ningún sonido, América lo recibió como se recibe a King Kong o a un ejemplar parecido. Hicieron falta diez hombres para bajarlo a tierra y desatarlo cautelosamente en medio de sudores y jadeos.

El Piano, el instrumento, es grave y reticente. Tiene mucho de animal o bestia, de hombre y mujer. Solo basta verlo sostenido sobre sus patas, el trípode que sostiene su masivo y grave cuerpo, su cola inmóvil, su boca que deja ver una sonrisa fija tendida sobre una bahía de marfil y ébano, para imaginarse la bestia escondida dentro de él.

Tiene también algo de pantera: nos subyuga y domina, guardamos silencio ante él, nos ahoga en su negritud. Es como un gato gigante visto por Picasso, un gato que levanta el lomo-tapa para defenderse y mostrar su verdadera naturaleza, o para dejar de ser mueble y convertirse en sonido, expresión y discurso.

Su nombre, pianoforte o fortepiano implica una dualidad de cualidades sonoras y físicas, representadas en el blanco y el negro de sus teclas. Su aspecto masculino se manifiesta en una patente gravedad y fortaleza que contrasta con el lado femenino dibujado en sus curvas y en sus insostenibles agudos.

Es fascinante observarlo desde lejos, en silencio y pensar en el poder de su elocuencia. Pocos podrían afirmar no haber caído en el influjo de su poder, en esa atracción irresistible que solo las bestias de circo son capaces de producir. Todos hemos sentido esa electricidad antes de un concierto: solo su presencia e imagen produce una sensación parecida a la calma tensa antes de una tormenta. El acto mismo de sentarse ante un gran piano de concierto, es una escena de gran teatralidad, acomodarse, darle vueltas, halarle las orejas a ese pequeño animal faldero, accesorio y apéndice es ya una especie de rito. Todo empezó con el histriónico y espectacular Franz Liszt, un verdadero 'showman' de recitales, que con solo sentarse al piano hacia que muchas damas perdieran el conocimiento y el concierto.

Como una bestia, el piano está condenado a estar solo, separado del grupo. Es tan monumental que invade el espacio físico, limita la cohabitación de objetos cerca de el. Su autosuficiencia sonora es tal, que lo separa de la fauna instrumental, este no necesita de otro instrumento, se vale por sí solo.

El piano lleva al pianista a soledad y encierro, atrae al músico, el cual queda preso, privado de su libertad y del entorno, cuando tiene que encerrarse en cubículos de interminables y agotadoras horas de práctica. Imaginémonos ahora a una bestia quitándose las cadenas, colocándoselas al hombre y atándolo a sí.

Todo aquel que observa a un pianista de c le puede resultar simple y sin complejidades la ejecución de una obra. Para el espectador es como un juego, pero el arte del pianista es hacer parecer que usa el verbo to play, cuando en realidad esta usando el verbo "to practice en todos sus tiempos.

Este oficio no es tan simple y divertido como puede parecer. En el teclado, en esa inocente y llana esfera que evoca dientes y dentelladas, es donde encontramos la sabana en la cual habita y se prefigura la bestia. Las teclas se convierten en un territorio de luchas y supervivencia, al despertarse el animal que el instrumento ya sugiere en su aspecto físico. El teclado es susceptible de convertirse en un espacio multidimensional, de profundidad y anchura y de inesperadas depresiones y extensiones, como una garra que se esconde dentro de un dedo y luego aparece, sorprende y asusta.

Propone retos peligrosos, esfuerzo y el cultivo de una cultura muscular apropiada para recorrer los intrincados caminos que la densa jungla de la grafía musical advierte, e ir en busca de la música que espera mas allá de toda laboriosidad.


El piano abarca regiones mayores a sus linderos posibles, transita desde su contundente evidencia material a un plano donde el ensueño, el trance y el pensamiento se unen, lejos de su salvaje y pesada naturaleza. Se desdobla y viene a ser la extensión de un ser humano, instrumento de expresión, a lo sumo, voz. Es un transfigurador de estos elementos, un alquimista inverso. Puede traducir toda la materia en música y se alimenta de la música misma.

Él pianista es el gladiador que con sus escasas y breves falanges tiene que enfrentarse al piano, usando tanto su lado animal como el humano. Afuera un coliseo lleno de melómanos y ojos espera, lo reciben con aplausos, como si ya hubiera triunfado, y en realidad muchas luchas ya han sido libradas por él, pero la prueba de fuego aun está por venir.

Toda bestia produce temor (no así para Liszt) y el miedo inconfeso acompaña al pianista toda su vida.
Extenuado en esta lucha el pianista se descubre siendo un poco animal para poder acercarse a la perfección de la técnica pianística, de llegar al conocimiento de su raza y de vencer los grandes conspiradores que lo acosan en su mente.

El pianista reconoce íntimamente que antes de un concierto el miedo se apodera de él, el instinto le indica emprender la huida, pero sobrepasado esto se entrega totalmente a la música.

Gran parte de las dificultades que el piano ofrece, provienen de los experimentos de los compositores de lograr ciertos efectos musicales, convirtiendo de esta manera a el piano en un instrumento retador. ¿De donde surgieron esas grandes dificultades técnicas que encontramos en conciertos para piano de Prokofiev y Rachmaninof? ¿No estaríamos ante la presencia de ese lado animal y destructor dentro del compositor dictándole pasajes extremadamente difíciles? ¿No aprende a rugir aquel que habita con el león?

Si hablamos de Piano, hablamos de Chopin, el polaco consumido por la fibrosis pulmonar y las teclas, creador de las paginas más importantes de la literatura pianística. Es en Chopin donde encontramos todas las posibilidades del instrumento, la poética musical y la prueba de fuego para los dedos inocentemente osados. Él supo usar todos los recursos posibles tanto del pianista como del instrumento, los estira hasta ponerlos a la altura necesaria de la máxima expresión artística.
El piano, la bestia, ofrece al hombre el ejercicio de facultades lejanas a la música, el dominio, la conquista, el control de si mismo y del instrumento y la búsqueda de sonoridades escondidas, que el piano le confía caprichosamente, solo si este ha hurgado sobre el teclado arduamente. La bestia se "humaniza" y canta con una voz jamás escuchada que conmueve al pianista, voz con la cual el piano se escribe y canta panegíricos así mismo.
El piano "diviniza" al ser humano, llevándolo a regiones insospechadas, trascendentales y místicas. El pianista, reconoce que la música es su porción de divinidad y también reconoce que esta bestia a quien teme, es inmensamente amada y necesaria.

Rosa Lara



muchas gracias por dejarme publicar esto. =D

Bravissimo!!!!

2 comentarios:

Luis Alvaz dijo...

Pues primero que nada una felicitación para Rosa Lara, porque su texto en verdad es muy bueno; de hecho lo considero digno de ser publicado en revistas como Pauta...

Quizá yo discrepe en algunos aspectos, porque a estas alturas, decir que Chopin exploró todas las posibilidades del piano, tanto técnicas como expresivas, resulta una idea un tanto subjetiva. Aunque como el texto es un elogio al instrumento, no hay que ser tan exactos, sino más bien elocuentes, algo que la verdad se desarrolla muy bien en el escrito.

A lo que me refiero es que a veces se deja de lado el desarrollo técnico del piano en el siglo XX; y no sólo me refiero al piano preparado y a las formas alternatvias de tocar el instrumento, sino que en la actualidad, el intérprete -aquel que juega (to play, jouer)-, requiere muchas más habilidades. Pongamos un ejemplo: Maurizio Pollini, que puede aparecer tocando Petrushka de Stravinsky, la Sonata Op. 1 de Berg, las Polonesas y Estudios de Chopin y obras impresionistas de Debussy y Ravel, así como compositores contemporáneos: Luigi Nono y Stockhausen. Él para mí es el ejemplo del pianista contemporáneo; incluso más que otros a los que se les explota a nivel mercantil: Yundi Li, Lang Lang, Hélène Grimaud.

Otro pianista excepcional es Pierre-Laurent Aimard, que grabó todos los estudios para piano de Ligeti.

Quizá otro caso destacable es Marc-André Hamelin, todo un Liszt postmoderno.

Bueno, de todas maneras el texto me gusta mucho. Ojalá le puedan corregir algunos problemas técnicos de ortografía y sintaxis, para verlo impreso en alguna revista. Y bueno, yo siempre le voy a recomendar a los músicos y melómanos explotar su talento poético y narrativo, ya que mucha falta le hace la música a la literatura.

Klavierspielerin dijo...

mm, muchas gracias por la información, la tendré en cuenta... sobretodo por los pianistas que recomiendas y que honestamente, no conozco... seguimos en contacto y pues si, tambien dudé en cuanto empezó lo de Chopin, lo divido en dos, pero en general el texto es maravilloso.